Edición Especial Digital Para Alumnos Del Municipio De La .

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Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

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Cuentos policiales argentinos con tinta y sangre / Pablo De Santis .[et. al.]. - 1.a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Colihue, 2019.96 p. : il. ; 24x17 cm. - (Libros ilustrados)ISBN: 978-987-684-793-3Edición Especial parael Municipio de La Matanza1. Narrativa argentina. 2. Cuentos policiales. I. De Santis, Pablo.CDD A863Ilustraciones: Omar FranciaPrólogo: Oche CalifaSelección: Oche CalifaCoordinación: Nora BonisDiseño y armado: Malena Cascioli · Matías ScappaticcioTodos los derechos reservados.Esta publicación no puede ser reproducida, total o parcialmente, ni registrada en, otransmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni porningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, porfotocopia o cualquier otro, sin permiso previo por escrito de la editorial. Solo se autoriza la reproducción de la tapa, contratapa y página de legales e índice completos, dela presente obra exclusivamente para fines promocionales o de registro bibliográfico.LIBRO DE DISTRIBUCIÓN GRATUITA. PROHIBIDA SU VENTAEsta edición se terminó de imprimir en Latingráfica S.R.L., Rocamora 4161,Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, en julio de 2019. Ediciones Colihue S.R.L.Av. Díaz Vélez 5125(C1405DCG) Buenos Aires ISBN 978-987-684-793-39 789876 847933www.colihue.com.arISBN: 978-987-684-793-3Hecho el depósito que marca la ley 11.723IMPRESO EN LA ARGENTINA PRINTED IN ARGENTINAEdición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

PRÓLOGOUN OBJETIVO PRIMORDIAL: ATRAPAR AL LECTORApartir de los años cuarenta comienza a abrirse en la Argentinaun espacio dinámico y prometedor para la literatura policial.Varias revistas publican obras del género, promueven concursos yJorge L. Borges y Adolfo Bioy Casares inauguran la colección ElSéptimo Círculo. Esto permite la aparición y la consideración por lacrítica de escritores que desarrollarán una obra de importancia.Entre ellos se sitúa Adolfo Pérez Zelaschi.La literatura policial en esos años es, con preponderancia, la contenida por las “novelas problema” o “de enigma”, de prosapia anglosajona. Sus autores emblemáticos son Arthur Conan Doyle, creadorde Sherlock Holmes, y G. K. Chesterton, que inventó al Padre Brown.El cuento de Pérez Zelaschi que se publica –y que ganó un concursoen 1961, con Borges, Bioy Casares y Manuel Peyrou como jurados– esuna elocuente muestra del policial nativo de esos años, con una escritura de jerarquía que “demora” el final, inquieta con sospechas allector y sorprende con su resolución.Entre las traducciones de los europeos en esos años se intercalanalgunos estadounidenses, como Raymond Chandler y DashiellHammett, creadores de lo que se denomina “policial negro” o “duro”.Su aceptación en la Argentina se decidirá en los años setenta, connumerosas ediciones y la estima de la crítica. Por entonces, RicardoPiglia dirigirá una colección denominada Serie Negra, que los encumbrará. Los norteamericanos no se dedican a la “novela-problema”sino que cuentan historias de acción –a veces llamadas thrillers–,con mayor carga de violencia, sexo y ambientes marginales.7Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

Tanto Elvio E. Gandolfo como Juan Sasturain son protagonistasdestacados de esa generación influida por el policial estadounidense. El primero, de todos modos, parece sostener, en el cuento que sepublica, vínculos con la generación anterior; hay en su forma decontar afinidad con las maneras de Peyrou, Rodolfo Walsh o Zelaschi,y hasta un condimento poco habitual: el político.Sasturain, en cambio, desarrolla una historia de ambientes y personajes caros a los “duros”: un cabaret centroamericano con soldadosyanquis, tipos “pesados” y chicas bonitas (aunque también puede sospecharse una intención de parodia a estos lugares comunes del género).Pablo De Santis es autor relevante de la generación más joven, y enella de quienes abordan los géneros de manera habitual aunque noen forma exclusiva (lo que también le corresponde a Gandolfo). Suhistoria parte de un tema meneado sin pruritos por algunos mediosen la década de 2000 –el de las aparentes mutilaciones de vacunosen los campos bonaerenses– y conlleva la carga de un personajevíctima del “trauma Malvinas”.La selección permite encontrarnos con un recorrido del policialargentino que tras más de medio siglo ha aportado de manera significativa a las letras y a un objetivo primordial: atrapar al lector. OCHE CALIFA8Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

LA MARCA DEL GANADOPABLO DE SANTISEdición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

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- PABLO DE SANTIS -LA MARCA DEL GANADOEl primer animal apareció en el campo de los Dosen y a nadie lehubiera llamado la atención de no haber estado tan cerca delcamino y con la cabeza colgando. Fue a fines del 82 o principios del83, me acuerdo porque hacía pocos meses que había terminado laguerra y todos hablábamos del hijo de Vidal, el veterinario, que habíadesaparecido en el mar. Para escapar del dolor, de esa ausencia tanabsoluta que ni tumba había, Vidal se entregó al trabajo, y como noeran suficientes los animales enfermos para llenar sus horas, investigó cada una de las reses mutiladas que empezaron a aparecer desde entonces. En realidad nunca supimos con certeza si el de los Dosenfue el primer caso, porque solo desde entonces nos preocuparon lasseñales: aquí nunca llamó la atención una vaca muerta.Al principio los Dosen le echaron la culpa al Loco Spica, un viejoinofensivo que andaba cazando nutrias y gritando goles por el campo, con una radio portátil que había dejado de funcionar hacía uncuarto de siglo. A todos nos pareció una injusticia que los Dosen leecharan la culpa, porque el viejo podía matar algo para comer, peronunca hubiera hecho algo así: la cabeza casi seccionada, tiras decuero arrancadas en distintos puntos de una manera caótica y precisa a la vez, como si el animal se hubiera convertido en objeto deuna investigación o de un ritual. Y quedó claro que el Loco Spica nohabía tenido nada que ver, porque en marzo del 83, durante la inundación, apareció flotando en el río diez kilómetros al sur, y las mutilaciones –esa fue la palabra que usó Vidal, el veterinario, la primera vez y que todos nosotros usamos desde entonces– continuaron.11Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

No me acuerdo si siguió después aquel novillo en el campo de laviuda Sabella o el ternero que apareció atado al molino derrumbado,con la cabeza de otro en lugar de la suya. En cada caso nuestro comisario, Baus, fue a buscar al veterinario para que estudiara las marcas y tratara de encontrar alguna pista. El comisario parecía desconcertado: nunca en su vida había investigado nada, ya que en elcampo, a diferencia de la ciudad, las cosas son, o bien demasiadoevidentes, o completamente invisibles, y tanto en un caso como enotro la investigación es inútil.A partir de entonces el bar que heredé de mi padre, y que apenasme permite sobrevivir, se convirtió en una especie de foro sobre lasmutilaciones. A nadie le importaba una vaca de más o de menos,porque acá cuestan poco y nada, pero asustaba imaginar al culpable,solo, en la noche, derribando al animal con un golpe en la cabeza,inventando formas distintas para cortarlo, a veces vivo todavía (asílo aseguraba el veterinario). Yáñez, el mecánico, decía que era unasecta, y que sabía de casos parecidos en las afueras de TrenqueLauquen. Soria, el jefe de estación, hablaba de ovnis, él siempre estaba viendo luces en el cielo, sacaba fotografías, paseaba solo por elcampo en espera del encuentro. Las mutilaciones eran para él experimentos; los extraterrestres analizaban las muestras de tejido.Como le dije que eso podría explicar los cortes pero no otras aberraciones (las cabezas trocadas, las langostas encerradas en las heridas, las flores emergiendo de las órbitas oscuras), Soria se defendía:era un experimento, sí, pero sobre nosotros: estudiaban nuestrasreacciones ante lo malvado y lo desconocido.Baus, el comisario, si tenía alguna teoría, la callaba. Investigó a loscrotos que siempre andan por aquí y a fuerza de tantos interrogatorios terminó espantándolos, y hasta el día de hoy casi no ha vuelto a aparecer ninguno. Una noche, cuando le pregunté si realmentecreía que eran ellos, me respondió tranquilo: es uno de nosotros.¿Pero quién? Porque aquellas mutilaciones no traían ningún beneficio ni seguían un plan reconocible. Podían caer en el campo decualquiera, y tampoco dentro de su locura seguían un sistema determinado. Vidal anotaba todo en una libreta de tapas azules, pero12Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

“Porque aquellas mutilaciones no traían ningúnbeneficio ni seguían un plan reconocible”.salvo cierta abundancia de marcas en la cabeza, no había otra constante. Iba a todos lados con su libreta, y cuando a veces cenaba enmi establecimiento, siempre solo, leía en voz baja aquella lista monótona, como si se tratara de un rezo. Los animales muertos le servían de excusa para estar siempre en movimiento, en busca de nuevos ejemplares, día y noche, para huir de su casa desierta y de losportarretratos con las fotos de su hijo.13Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

“Las mutilaciones se convirtieron en una obsesión para él,fue su primera investigación y también la última”.A la tarde, frente a los vasos de ginebra o de fernet, todos hablabancon una autoridad infinita en la materia, mientras jugaban al dominó y esperaban con ansiedad que el próximo parroquiano irrumpiera con alguna nueva noticia. Ya no veíamos los animales muertoscomo pertenecientes a uno u otro dueño, sino como reses marcadas14Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

a través de las mutilaciones para señalar su pertenencia a un mismorebaño fantasmal, que no cesaba de crecer.Hubo casos más espectaculares que otros, y de una ejecución másarriesgada, como el ternerito que apareció colgado en la finca de losDorey, muy cerca de la casa. Los Dorey no oyeron nada, los perrosapenas ladraron y se callaron enseguida y el matrimonio siguió durmiendo, que los perros ladran por cualquier cosa. A la mañana seencontraron con el ternero colgado, la rama casi quebrada por elpeso; seguramente habían usado un coche o una camioneta paraizarlo, pero las lluvias habían borrado las huellas.Vinieron algunos periodistas, de la capital inclusive. Estuvieronunos días en el hotel Lavardén, y se los veía a la hora de la siesta deaquí para allá, por las calles vacías, sin saber qué hacer, esperandola hora del regreso. También vinieron policías enviados por la jefatura de la provincia, y el comisario se sintió un poco relegado.Interrogaron a todo el mundo, sacaron fotografías y recogieronmuestras para el laboratorio, pero se fueron también al poco tiemposin respuestas y sin demasiado interés por las respuestas que nohabían encontrado.Durante todo ese tiempo, aun mientras los otros policías invadíansu lugar, el comisario siguió investigando. Nos interrogó a todos;ponía un viejo grabador encima de la mesa y nos hacía hablar, nospreguntaba por los vecinos, por las rarezas que podía tener alguno.Hasta al cura interrogó, convencido de que el culpable había ido aconfesarse y de que el padre Germán lo protegía debido al secretode confesión. Las mutilaciones se convirtieron en una obsesión para él, fue su primera investigación y también la última. A veces lo veía,por las noches, en la comisaría, bajo los tubos fluorescentes, losmapas del campo extendidos en la mesa, con los sitios donde habíanaparecido los animales encerrados en círculos rojos. Trataba de encontrar en esas marcas dispersas una figura, intentaba adivinar elpróximo caso. Hasta las cuatro o las cinco de la mañana se quedabaahí, oyendo las cintas que había grabado, las conversaciones triviales, todos los secretos del pueblo, y esas voces, que nada sabían delas mutilaciones, parecían cautivarlo.15Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

Ahí empezó a tener problemas con su esposa, porque iba pocopara su casa, y cuando no estaba en la comisaría atravesaba los campos en su camioneta, con un faro buscahuellas, como un alucinado,hasta que se quedaba dormido en algún camino o, si le quedabanfuerzas, volvía para escuchar las cintas con las voces de todos.Nuestras voces lo atraparon y lo enloquecieron. Buscaba contradicciones y las encontraba una y otra vez, porque aquí nadie prestaatención a nada y quien dice una cosa puede decir otra. El comisarioparecía creer que todos sabían lo que pasaba, y que él era el único alque esa verdad estaba vedada. Hasta tal punto llegó su desconfianza que cuando entraba en el bar todos callábamos y cambiábamosde tema, y pasábamos tímidamente al fútbol, a las inundaciones o aalgún chisme local. El comisario se acostumbró a esa bienvenida quese le brindaba, hecha de silencio incómodo y lugares comunes.El comisario sufría y se alejaba de todo, y por eso yo tuve la tentación de entrar de noche en la comisaría para apartar los mapas y lasgrabaciones y decirle la verdad. No hubiera servido de nada, porqueél ya había hecho algo tan grande con aquellas vacas muertas, habíaconstruido con paciencia un misterio insondable que no encerrabasolo al culpable sino a todos, que nada lo hubiera dejado contento.La verdad le hubiera parecido insuficiente; y si yo hubiera hablado,pero no hablé, lo habría considerado un engaño, algo destinado ahacerlo caer en una trampa, a relevarlo de su insomnio y su desconfianza para dejarle libre el terreno al mal.De todos en el pueblo quizás yo era el único que no tenía ningunateoría. Todas me parecían verosímiles, inclusive la de los extraterrestres, y a la vez imposibles; si me hubieran hablado de una enfermedadinexplicable que golpeaba a las vacas con esos síntomas atroces, lohubiera creído también. Me parecía que la explicación estaba máscerca de una fuerza ciega, impersonal, que de un culpable minuciosoy obstinado. Podían ser los hijos de Conde, que nacieron malvados,Greis, un cuidador de caballos que dormía abrazado a su escopeta, ola viuda de Sabella, o el veterinario Vidal o el mismo comisario.Nunca hice ninguna conjetura firme, nunca investigué nada, y sillegué a la verdad, y fui el primero, fue por casualidad. Volvía, un16Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

poco entonado, de la casa de unos primos, a cuarenta y cinco kilómetros del pueblo. Se festejaba un cumpleaños y cuando se terminóla última botella me invitaron a dormir. No soporto camas ajenas ya pesar del sueño decidí volver. La noche estaba clara y vi desde lejosla vieja Ford de Vidal, detenida a un costado del camino, con los farosapagados. Pensé que se le había quedado el motor: Vidal iba seguidoa verlo al mecánico por una cosa o por otra. Detuve el rastrojero yme bajé dispuesto a ayudarlo. Dije “Buenas noches, doctor”, peroVidal no me respondió. Cuando me acerqué, vi con claridad al veterinario que, inclinado sobre la res abatida, practicaba los cortes conpulso firme. Yo estaba cansado y había tomado de más, pero al instante se borraron las huellas del sueño y del alcohol.Vidal sacó de su maletín un frasco de vidrio lleno de insectos muertos, muchas mariposas sobre todo, también escarabajos, que esperaban a ser sepultados en la herida. Empuñaba con firmeza el viejo bisturí alemán con sus iniciales en el mango, sin preocuparse por eltestigo que seguía el procedimiento. Era tal su indiferencia que yo mesentí culpable por estar allí, por invadir la ceremonia privada que nunca llegaría a comprender. Durante algunos segundos fui yo el culpable,y él un juez inalcanzable, tan remoto en su dignidad e investidura queni siquiera llegaba a saber de la existencia del imputado.No dormí esa noche, y abrí el bar más tarde de lo habitual, y cuandoya a las cuatro, cuando empezaban a llegar los muchachos, quise decirles la verdad, me di cuenta de que no había llegado el momentooportuno. Esperé que hablaran, que expusieran sus teorías, sus ovnis,sus sospechas; cuando el último terminara de hablar yo, callado hasta ese entonces, diría la verdad y ellos me oirían en silencio. En uninstante, en un nombre, entraba todo: después de esa revelación, nada, perdería el poder del secreto. Decidí dejarlo para el día siguiente.Pero entonces tampoco me pareció que era el momento oportuno.Me gustaba escucharlos hablar, confrontar en silencio sus torpesdeducciones con el secreto; y a causa de esa satisfacción, fui másamable que nunca, y serví medidas más generosas y la casa invitabacon cualquier excusa, con tal de que aquellas voces no callaran nunca. Mi secreto no me distanció, al contrario, me sentí más cerca de17Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

ellos, ahora que los veía inocentes, ingenuos, moviéndose a ciegasen un mundo cuyos mecanismos ignoraban por completo.Pasaron tres semanas desde la noche en que vi la Ford de Vidaljunto al camino hasta la mañana en que el veterinario entró a miestablecimiento para pedir una grapa. Después de tomarla de untrago me preguntó por qué no había hablado. Le dije que no eraasunto de mi incumbencia, y pareció aceptar mi respuesta comoalgo razonable; era evidente que él también pensaba que el asuntono era de la incumbencia de nadie más. Me costaba hablar con él,me daba cierto pudor, como si fuéramos cómplices de alguna situación no solo espantosa, sino también ridícula, pero al fin preguntépor qué, dije solo por qué, incapaz de terminar la pregunta.No esperaba respuesta, porque me parecía que todo lo que se podía decir estaba escrito ahí, en el idioma hecho de reses muertas ycombinaciones abominables. Pero el veterinario dejó dos monedasen la mesa y respondió.Dijo que siempre había sido un buen veterinario, que había llegado aentender a los animales a través de señales invisibles para otros.Estudiaba el pelaje, pero también sus huellas, las marcas en el pasto, losárboles cercanos. Sentía que con cada animal enfermaba un pedazo delmundo, y que a él le tocaba la tarea de restaurar la armonía. Así lo habíahecho por años y por eso los ganaderos de la zona confiaban en él.Después las cosas cambiaron. A su hijo le tocó primero la Marina,luego una base naval en el sur, y finalmente la guerra. Él lo esperósin optimismo y sin miedo hasta que una mañana un Falcon blancode la Marina con una banderita en la antena se detuvo frente a sucasa. Él lo vio llegar desde la ventana. Del auto bajó un joven oficialque caminó con lentitud hacia la puerta, como esperando que en elcamino le ocurriera algún incidente que lo hiciera desistir de sumisión. Se notaba que nunca había hecho lo que ahora le tocabahacer, y después de pronunciar un vago saludo le tendió con torpeza una carta con los colores patrios en una esquina, cruzados poruna cinta negra. La mano del joven oficial temblaba al sostener lacarta donde decía que el hijo del doctor Vidal había sido tragado porel mar, por el mar que nunca antes había visto.18Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

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Entonces el doctor Vidal descubrió algo que hasta ese entonces sele había ocultado: el mundo era maligno, y no podía pasar este hechopor alto. No podía seguir curando animales, ni creer que trabajabapara alguna armonía que los otros hombres eran incapaces de ver.No existía ninguna armonía ni ninguna verdadera curación posible.Sintió que la cura era una falta a la verdad.Siguió sanando a los animales, porque era su trabajo y no sabíahacer otra cosa, pero decidió dejar en la noche y en los campos unamarca, la señal que decía con claridad que él no había sido engañado, que a todos podían mentir, pero no a él, que sabía de qué setrataba la cosa. Entonces se dedicó a curar pero también a matar ya mutilar, a dejar en la noche las letras sangrientas de su mensaje.No dijo destinado a quién o qué.Yo lo había escuchado en silencio, sin interrumpirlo ni hacerleninguna otra pregunta, y no lo saludé ni me saludó cuando se fue.No sé si la explicación tuvo algo que ver, pero a partir de allí hubomenos casos, uno cada tres semanas, no más. Otras noticias nosdistrajeron un poco y alargaron las partidas de dominó hasta queempezaba la noche. Beatriz, la esposa de Baus, el comisario, cansada de las ausencias, los ataques de ira y el misterio, lo dejó, sin avisarle nada. Hizo las valijas y desapareció, y cuando el comisariollegó casi al amanecer a su casa, después de una expedición nocturna, se encontró con una grabación, hecha en la misma grabadora del comisario, donde la mujer decía que no soportaba más, quelas cosas no podían seguir así, etcétera. La mujer había hecho unagrabación porque decía que lo único que escuchaba su esposo eranaquellas cintas, y que si dejaba un papel escrito probablemente nole prestaría atención.Diez días después, Baus miró por última vez los planos, las vacasde juguete en las que practicaba las incisiones, y salió para meterse en el terreno de Greis, aunque sabía que estaba loco, que dormíaabrazado a la escopeta y disparaba a cualquier cosa que se moviera en la noche.La muerte convirtió a Baus en un héroe para los muchachos delbar, que desde entonces contaron como hazañas algunos episodios20Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

menores de su actuación policial. Del capítulo final echaban la culpa a la esposa, y comentaban sin énfasis que el primo de un amigode un conocido la había visto en un bar de La Plata, que se habíacambiado de nombre y se hacía pagar las copas. De vez en cuandoyo intentaba, desde la sombra, llevar el tema hacia los animalesmutilados, pero no lograba interesarlos, y más de uno a esa alturame respondía: a quién le importa. Nunca estuve tan cerca de decirla verdad, pero la había llevado tanto tiempo conmigo que ya nosabía cómo decirla.Después vino la sequía, y la avioneta que cayó en el campo de losRuiz, y otras distracciones, y ya nadie volvió a hablar de las vacasmuertas. Vidal casi nunca venía al establecimiento, y no me animaba a ir a buscarlo para preguntarle por qué había terminado, si acaso creía que el mundo se había curado o que su mensaje había dejado de tener importancia. Una noche, cerca de fin de año, días despuésde que el nuevo comisario, un hombre joven, de apellido Lema, llegara al pueblo, Vidal se sentó junto a la ventana y se quedó ahí, mudo, con el vasito de grapa en la mano, hasta que no quedó nadie más.Actué sin pensar, como si hubiera tomado la decisión mucho tiempoantes, en espera del momento oportuno. Cuando el veterinario selevantó para ir al baño abrí su maletín y saqué el bisturí alemán.Después seguí acomodando las sillas boca abajo sobre las mesas.Esa misma noche caminé y caminé sin rumbo, armado con una llave inglesa, y el bisturí en el bolsillo izquierdo de mi camisa, el filoenvuelto en papel de diario. Cuando la vaca ya estaba caída y marcada, como una ofrenda a un dios malvado y hambriento, dejé caer elbisturí en la herida. Ese era mi mensaje para quien lo supiera entender.El nuevo comisario, Lema, lo supo entender, y a los dos días se presentó en la casa del veterinario. No fue necesario que preguntaranada, porque Vidal confesó todo, inclusive la última mutilación, y sedejó arrastrar por salas de espera de juzgados y hospitales y calabozosde comisaría. No dio explicaciones ni mostró ninguna forma de arrepentimiento. Cuando salió en libertad, a las dos semanas, malvendióla casa y se asentó un poco más al sur, del otro lado del río, dondenadie lo conocía.21Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

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En el bar se volvió a hablar de las mutilaciones y cada uno barajabalos distintos motivos que podía haber tenido el veterinario. Perotodos hablaban con una rara cautela, como si supieran que el misterio, antes tan ajeno, ahora formaba parte de algo que nos involucraba. Hablaban con frases sin terminar. Yo volví a mi silencio: habíavuelto a tener mi secreto.Nada supimos de Vidal durante cinco años hasta que llegó la noticia de su muerte en un accidente automovilístico. Fue en la ruta, unanoche clara después de una tormenta. El día anterior el viento habíatirado el alambrado y quedó ganado suelto en el camino. Los animales se avistaban a lo lejos, pero el veterinario, en lugar de frenar lamarcha, aceleró contra las formas lentas y oscuras que lo esperaban.Acaso pensó que el mensaje, fuera cual fuera su destinatario, nohabía sido lo bastante claro, y que hacía falta un último sacrificiopara hacerlo legible. 23Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

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UN ERROR DE LUDUEÑAELVIO E. GANDOLFOEdición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

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- ELVIO E. GANDOLFO -UN ERROR DE LUDUEÑA-I-Ludueña vive en la piecita que está al fondo del patio, encaramada a una estrecha escalera de metal.Si se mira al espejo ve un rostro delgado y oscuro, cercano a loscuarenta años, una boca delgada, tres arrugas profundas en la frente si levanta las cejas, el pelo muy negro y bien peinado hacia atrás,ojos como botones de vidrio negro.La dueña es pequeña, de pelo blanco. Vive adelante, en la casapropiamente dicha. Nunca le preguntó a Ludueña en qué trabajaba,ni intentó averiguar sobre su vida anterior o externa a la pensión.Ludueña le agradece con una cortesía cercana a la amistad.Aunque está perfectamente peinado, Ludueña se pasa un peinepor el pelo, lo guarda en un bolsillo del saco, se aparta del espejo yse escruta con cuidado, inmóvil. Luego toma un pequeño fajo debilletes que hay sobre la cómoda, cruza el patio, mira detenidamente el limonero al pasar, atraviesa el corto pasillo que da a la calle ysaluda a la dueña, sentada en un sillón de mimbre junto a la puerta.Ella contesta mostrándole por un instante la dentadura blanca,perfecta.Mira la hora en la torre de la iglesia cercana. Tiene tiempo, decideir caminando.Mientras se acerca al centro el tráfico se espesa, desaparecen lassillas o la gente parada junto a la puerta, se oscurece el tono de lasparedes, crece el ruido.27Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

Llega al bar de Malabia y Bunsen con cinco minutos de adelanto. Porlas dudas pasea la mirada sobre las mesas, sabiendo de antemano queGonçalves no está. La mesa de siempre la ocupa una pareja joven. Eligeotra junto a la ventana. Mientras esquiva con lentitud las mesas y las sillasalza una mano y el mozo, accionando palancas en la máquina express,envuelto en una nube de vapor, levanta las cejas y sonríe un instante.Gonçalves entra a las seis en punto. Ludueña no puede evitar mirarlo con simpatía. Es un hombrecito perfectamente proporcionadoen su pequeñez, con un bigote finísimo sobre la boca delgada y estirada hacia atrás en las puntas, como haciendo una mueca escéptica. A Ludueña le es imposible imaginarlo sin el impecable gabán acuadros y el portafolios bajo el brazo derecho. Los ojitos de Gonçalveslo enfocan aun antes de entrar, y la mueca escéptica se acentúa unpoco, tratando de convertirse en sonrisa, mientras va hacia la mesacon una decisión muy distinta al calmoso balanceo de Ludueña.Gonçalves se sienta con tres movimientos secos. Saca un par deanteojos del bolsillo, se los coloca y los ojitos se agrandan, aumentando la sensación de nitidez del rostro.–Lo llamé por un trabajo.–Bueno, ya vemos –Ludueña hace un gesto al mozo y pide dos cafés y una medialuna. En esos pocos instantes recuerda la extrañaurgencia de Gonçalves, el llamado a las dos de la tarde, en plenasiesta, la voz delgada de la dueña gritando su nombre desde el patio.Mientras apoya la espalda contra la silla y estira un poco los piesbajo la mesa, hace un rápido cálculo mental.–Hace unos meses que no me muevo –dice como para sí mismo.–Y pico –agrega Gonçalves–. Lo último fue lo de Brugueras en Brasil.Quedan en silencio, esperando los cafés, mirando la calle, moviendode vez en cuando la cabeza para alargar la imagen de alguna mujer.Cuando llega el mozo Ludueña parte la medialuna en varios trozosy hunde dos o tres en el pocillo. Revuelve un poco y los alza con lacucharita. Así como él no puede evitar la simpatía cuando ve aGonçalves, Gonçalves no puede evitar el disgusto ante lo que unavez llamó la “maldita manía” de Ludueña. Aguarda con un leve temblor del bigote, se saca los anteojos, como si estuviera viendo un28Edición especial digital para alumnos del Municipio de La Matanza, año 2020

espectáculo indecente, y para disimular se frota los ojos, como si lostuviera cansados. Se vuelve a calzar los anteojos.–¿Terminó? –pregunta.Ludueña asiente, revolviendo lo que queda del café. Gonçalves echados terrones de azúcar en el suyo y comienza.–Es un trabajo grande. Dentro de país. Bien pago –se detiene enseco y mira fijamente a Ludueña, moviendo mecánicamente la manoque revuelve el café. Espera.Ludueña mira hacia la calle.–¿Cuántos intervienen? –pregunta sin apartar los ojos de la ventana.–En el trabajo, quince.